| Boletin Salesiano |
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La
Resurección como hecho historico que afirma
la fe
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![]() ![]() Afrontamos la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, documentada por el Nuevo Testamento, creída y vivida como verdad central por las primeras comunidades cristianas, transmitida como fundamental por la tradición, nunca olvidada por los cristianos verdaderos y hoy profundizada, estudiada y predicada como parte esencial del misterio pascual, junto con la cruz; es decir, la resurrección de Cristo. De Él, en efecto, dice el Símbolo de los Apóstoles que "al tercer día resucitó de entre los muertos"; y el Símbolo niceno-constantinopolitano precisa: "Resucitó al tercer día, según las Escrituras". Es un dogma
de la fe cristiana, que se inserta en un hecho sucedido y constatado históricamente.
Trataremos de investigar "con las rodillas de la mente inclinadas"
el misterio enunciado por el dogma y encerrado en el acontecimiento, comenzando
con el examen de los textos bíblicos que lo atestiguan. Como se ve, el Apóstol habla aquí de la tradición viva de la resurrección, de la que él había tenido conocimiento tras su conversión a las puertas de Damasco (Cfr. Hech 9, 3-18). Durante su viaje a Jerusalén se encontró con el Apóstol Pedro, y también con Santiago, como lo precisa la Carta a los Gálatas (1,18 ss.), que ahora ha citado como los dos principales testigos de Cristo resucitado. Debe también
notarse que, en el texto citado, San Pablo no habla solo de la resurrección
ocurrida el tercer día "según las Escrituras"
(referencia bíblica que toca ya la dimensión teológica
del hecho), sino que al mismo tiempo recurre a los testigos a los que
Cristo se apareció personalmente. Es un signo, entre otros, de
que la fe de la primera comunidad de creyentes, expresada por Pablo en
la Carta a los Corintios, se basa en el testimonio de hombres concretos,
conocidos por los cristianos y que en gran parte vivían todavía
entre ellos. |
Frente a este texto paulino pierden toda admisibilidad las hipótesis con las que se ha tratado, en manera diversa, de interpretar la resurrección de Cristo abstrayéndola del orden físico, de modo que no se reconocía como un hecho histórico; por ejemplo, la hipótesis, según la cual la resurrección no sería otra cosa que una especie de interpretación del estado en el que Cristo se encuentra tras la muerte (estado de vida, y no de muerte), o la otra hipótesis que reduce la resurrección al influjo que Cristo, tras su muerte, no dejó de ejercer (y más aún reanudó con nuevo e irresistible vigor) sobre sus discípulos. Estas hipótesis parecen implicar un prejuicio de rechazo a la realidad de la resurrección, considerada solamente como "el producto" del ambiente, o sea, de la comunidad de Jerusalén. Ni la interpretación ni el prejuicio hallan comprobación en los hechos. San Pablo, por el contrario, en el texto citado recurre a los testigos oculares del "hecho": su convicción sobre la resurrección de Cristo, tiene por tanto una base experimental. La verdad sobre la resurrección no es un producto de la fe de los Apóstoles o de los demás discípulos pre o post-pascuales. Es el mismo Jesús el que, tras la resurrección, se pone en contacto con los discípulos con el fin de darles el sentido de la realidad y disipar la opinión (o el miedo) de que se tratara de un "fantasma" y por tanto de que fueran víctimas de una ilusión. Les invita a constatar que el cuerpo resucitado, con el que se presenta a ellos, es el mismo que fue martirizado y crucificado. Ese cuerpo posee sin embargo al mismo tiempo propiedades nuevas: se ha "hecho espiritual" (y "glorificado" y por lo tanto ya no está sometido a las limitaciones habituales a los seres materiales y por ello a un cuerpo humano). Pero al mismo tiempo ese cuerpo es auténtico y real. En su identidad material está la demostración de la resurrección de Cristo. El encuentro en el camino de Emaús, referido en el evangelio de Lucas, es un hecho que hace visible de forma particularmente evidente cómo se ha madurado en la conciencia de los discípulos la persuasión de la resurrección precisamente mediante el contacto con Cristo resucitado (Cfr. Lc 24, 15-21). De toda la narración se deduce que la certeza de la resurrección de Jesús había hecho de ellos casi hombres nuevos. No solo habían readquirido la fe en Cristo, sino que estaban preparados para dar testimonio de la verdad sobre su resurrección. Todos los elementos del texto evangélico, convergentes entre sí, prueban el hecho de la resurrección, que constituye el fundamento de la fe de los Apóstoles y del testimonio que, como veremos está en el centro de su predicación. |