Boletin Salesiano

DESCUBRAMOS LA PALABRA DE DIOS
P. Alberto Henriques, sbd
(segunda parte)
 

  Palabra que ilumina y cuestiona

El mensaje bíblico, a medida que lo vamos interiorizando y lo comparamos con el Reino de Dios, que Jesús anuncia y hace que comience a asomarse en el horizonte de la historia, se convierte en una guía poderosa para la vida en todos sus niveles personales, comunitarios y sociales. No es solamente "un mensaje a la conciencia", no se trata de una enseñanza privada y moral como un buen consejo.

La Palabra y la vida de Jesucristo tienen tal fuerza e impacto que deslumbran la vida, desenmascaran las falsedades e hipocresías de la vida diaria, queman como un fuego abrasador, desinstalan de las seguridades egoístas que encierran la vida bajo el parapeto de la ley del mínimo esfuerzo.

A la luz de la Palabra del Señor, las familias manifiestan sus debilidades y traiciones al amor, la vida social y pública se desnuda de sus mentiras e injusticias, y se va poniendo el dedo en la llaga de tantas actitudes y situaciones de pecado. Ante la propuesta cristiana del Reino de Dios, se pueden ir descubriendo los caminos perversos de esta sociedad que privilegia a una minoría mentirosa que hunde en la angustia siempre más a los más pobres.

Por ello, la Biblia ilumina, critica, denuncia tantas incorrecciones, y cuando la asumimos en serio los cristianos, nos vamos convirtiendo en una fuerza de amor transformador, de una libertad que no se deja callar, de una vida que no se alcanza a recortar.
Jesús aparece, en el Evangelio, libre ante las costumbres legales de la época, libre ante los grandes de Israel, libre ante sus discípulos y amigos más cercanos, libre ante el mismo pueblo sencillo que lo quiere hacer rey manipulándolo para sus deseos

 

 



egoístas de felicidad cerrada. Por ello, no podemos escamotear el Evangelio, nos está prohibido acomodarlo según nuestras conveniencias, y no podemos dejarnos arrastrar y engañar por las palabras y actitudes de quienes no aceptan a Jesús en su totalidad. Ante su Palabra, la misma Iglesia como institución y los cristianos como sus miembros vivos, dejamos ver la vergüenza de nuestras tibiezas y fragilidades, de nuestras mentiras e hipocresías. Cuando la Palabra de Dios no despierta en cada uno una crítica, un cuestionamiento, un estímulo para cambiar, quiere decir que la hemos debilitado y vulgarizado tanto, que ya no es la Palabra del Señor. ¡Estemos atentos! Con toda razón tiene su vigencia la recomendación del Apocalipsis para los cristianos de Laodicea: "No eres ni frío ni caliente; ojalá fueras lo uno o lo otro. Desgraciadamente eres tibio, ni frío ni caliente, y por eso voy a vomitarte de mi boca." (Apocalipsis 3, 15-16). Ninguno de nosotros puede mantener actitudes arrogantes y autosuficientes ante esta claridad de la Palabra de Dios.

Palabra compartida
Una de las grandes herencias que Jesús nos deja es la conformación de la comunidad cristiana, que Él mismo comienza con la reunión de la comunidad de doce apóstoles, a los cuales dedica tiempo, esfuerzo, enseñanza, dentro de un derroche de inmensa paciencia ante su dureza de corazón. Jesús no alimenta jamás el individualismo, ni actitudes cerradas en la autosuficiencia egoísta. Su Palabra quiere recrear la fraternidad en la humanidad. Cada persona se convierte en un hermano, y yo me convierto en prójimo cuando aprendo a servir de corazón. El gran mandamiento de la comunidad es el amor al prójimo como Él nos ha amado. Quiere llamarnos "amigos" y no sirvientes, y para ello descubre los secretos del Reino a sus más cercanos.
La oración personal no excluye la oración comunitaria para formar "un solo corazón y una sola alma"

 

No se trata simplemente de compartir palabras y conocimientos; mucho más profundamente, Jesús invita a compartir la vida, el ser de cada uno. Lo recordará claramente: "Ámense unos con otros, como yo los amo a ustedes. No hay amor más grande que este: dar la vida por sus amigos" (Juan 15, 12-13). Es decir, vivir la comunidad cristiana es un llamado a crecer todos los días en la profunda interrelación del amor, donde nadie busca sus propios intereses, sino que el beneficio personal está unido al beneficio comunitario. Pero ello pide madurar en la generosidad de la vida, en el vaciamiento del egoísmo de cada uno. Esta tarea no es difícil ni imposible cuando la vida se centra en el mismo Cristo.

La comunidad cristiana es una semilla del Reino de Dios que vive la fraternidad, se manifiesta en el servicio concreto y amplía su acción hacia las demás personas en la familia, en el trabajo, en la sociedad. El amor comunitario no se cierra en grupos sectarios, sino que se abre de modo misionero. La raíz de la comunidad está en el mismo Jesús: "Asimismo, si en la tierra dos de ustedes unen sus voces para pedir cualquier cosa, estén seguros que mi Padre en los cielos se la dará. Pues donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy ahí en medio de ellos" (Mateo 18, 19-20). Es decir, el Señor se prolonga en la comunidad cristiana, que es la misma Iglesia que hoy sigue viva reuniéndose fraternalmente. Por ello, deberíamos revivir nuestro sentido de Iglesia: somos la Iglesia, seamos parte viva de ella. Es muy importante vencer las costumbres y actitudes individualistas y anticomunitarias que no reflejan esta característica fundamental del mensaje de Jesús. Las personas no creen tanto a nuestras palabras, sino a la manera como vivimos. Por ello, es importante el testimonio comunitario, frente a la mentalidad y la práctica privada y egoísta que se respira en nuestro tiempo. (continuará en el próximo BS)